Y no puedo dejar de pensar en tí.
Me muero por tenerte,
me duelen las manos
de contener el deseo de tocarte,
siento sed continuamente,
de tus labios,
de tu boca,
encontrar el límite de mi piel
allí donde alcance la tuya,
respirar solo del aire que sale de tus pulmones
y no vivir
en esta continua asfixia que me mata
por saberte aquí,
en esta vida y tan lejos
como si ni siquiera existieras.
Lo se,
está escrito en las estrellas,
en el mar,
en la orilla de la playa,
seré tuya,
no habrá remedio para ese choque de constelaciones
que serán tu corazón y el mío,
luego,
la explosión destrozará alma,
vida,
pero quien puede luchar
contra este deseo que me consume,
que refreno
como intentar parar con hilos de seda
un tren de mercancías.
No es romántico,
es más que eso
es simplemente amor,
amor maldito y escurridizo,
dañino y alocado,
deseado por imposible,
imposible
por prohibírmelo la vida,
miedo a enlazar mi mano a la tuya
y ya no poder separarnos.
Todo lo he intentado,
todo y no puedo dejar de pensar en ti,
dime amor,
¿aún quieres saber lo que se siente?,
compartir el mismo aire al unísono,
rozar el paraíso
para luego quizá
caer en picados,
dime amor,
¿aún quieres jugarte el corazón
sólo por un beso?.
Él le contesto. "No, ya no, demasiado tarde, lo siento..."
Eran pozos tan profundos que nunca sospechó que estuviesen tan llenos, y las horas no daban a basto para agotarlos, y los días no tenían luz suficiente para alcanzar su fondo, y las noches no estaban provistas de suficientes estrellas para iluminar su superficie cristalina y tan opaca.
Desde lo más hondo de la oscuridad de su tristeza empezaron a manar, al principio de forma tímida, ni siquiera había reguero hecho, ni siquiera el oído experto podía escucharlos, pero a medida que desaguaban, iban tomando forma, de arroyo, de río, de catarata imparable, tomó voz de su propia forma, de su propio cuerpo y gritó hasta asustarle el mismo sonido de la inundación, vio como iba llevándose por delante todo lo que había construido, muros, defensas, contenciones que parecían de papel ante tal devastación, cruel, húmeda y se sintió estúpida, si, estúpida, insignificante y pequeña, tanto que solo un par de lágrimas le parecían más grandes que un océano, se miró al espejo y la luna si que consiguió hacer brillar su cola de pez que deslumbró por un momento sus ojos que al volver a abrirse se vieron reflejados en el vidrio y con un gesto de rabia y desprecio se limpió esas dos intrusas que jamás debieron existir y se reprendió a sí misma:
¿Cuantas veces te he dicho que las sirenas no lloran?.
Soltó su negra melena al viento con un par de movimientos de cabeza, dejó que el cálido aire del Sur lo meciera y acariciara... ese era su aire, su sitio, su tierra, allí era donde pertenecía y a donde se debía, nunca, jamás debió perderse en sueños de otras costas lejanas...
Ella se tragó el llanto y dijo fuerte y alto:
Sol, seca este estropicio, deja solo la sal para que cure las heridas.
Sirena varada. Héroes del silencio.